Los alumnos de 4º ESO A del IES Andrés Benítez hablan sobre algunos latinismos en clase y cantan una divertida canción formada con distintos latinismos.
TEMA 6. LA ORATORIA ROMANA Y LA RETÓRICA (CICERÓN, QUINTILIANO)
1.
Introducción.
1.1.
Definición.
Se
definía la oratoria como el arte de la
persuasión por medio de la palabra. En el sistema político republicano,
donde había la libertad suficiente de palabra y el sistema judicial tenía cierta
independencia, este género literario constituyó una de las manifestaciones más
originales y fecundas del genio romano. Tenía una doble aplicación:
-
El dominio de los resortes de la oratoria era el medio más eficaz de imponer la
propia voluntad y de tener el mayor ascendiente sobre una masa que no sabe leer
ni escribir. El buen orador tiene una poderosa arma política en sus manos, ya
que por medio de este arte puede conseguir los votos de los ciudadanos e
inclinar a su favor la voluntad del Senado.
-
La oratoria era imprescindible en las causas judiciales, donde el abogado debía
inclinar en favor de su cliente la voluntad de los jueces. Cuando en la época
imperial dejaron de existir la libertad política y la independencia judicial,
la oratoria se convirtió en actividad aúlica, en un género literario ejercitado
solo en el marco de las escuelas.
1.2 Técnicas
oratorias.
La
oratoria llegó a ser uno de los géneros literarios más evolucionados,
principalmente a partir del influjo que
recibió de Grecia, como los demás géneros literarios, a partir del siglo II a.C. Las técnicas de la oratoria -la
retórica- eran enseñadas en las escuelas por los rétores en el grado que, con
terminología actual, se podría llamar enseñanza superior. Pero las principales
escuelas de retórica estaban en Grecia (Atenas, Rodas), a donde acudían los
jóvenes privilegiados de la sociedad romana.
Desde
el punto de vista literario había tres tendencias o escuelas en el arte de la
palabra:
-
Escuela aticista: defendía la sobriedad y la concisión en el discurso a
la manera de Lisias. En Roma está representada por L. Calvo (82-47), D. Junio
Bruto (85-42) y Catón de Útica (95-46). Respondía esta tendencia a una
concepción de la lengua como un sistema acabado e inmutable: "huye de la
palabra nueva como de un escollo", decía César en su obra sobre gramática
De analogia.
-
Escuela asianista: por el contrario, esta escuela era partidaria de la
abundancia, amplitud, fogosidad y estilo florido. Inspirada por los rétores de
Asia Menor, Hortensio (114-50) es el principal representante en Roma. Esta
tendencia consideraba la lengua como un sistema abierto, a la manera de un
organismo vivo que crece e incorpora nuevos elementos.
-
Escuela rodia: manteniendo la amplitud, abundancia y brillantez del
discurso, busca el equilibrio y el gusto. El principal representante en Grecia
es Molón de Rodas, y en Roma, su discípulo, Cicerón.
2. La oratoria
anterior a Cicerón.
El
primer orador del que tenemos noticias fue Apio
Claudio el Ciego, personaje político del siglo III a.C. Escribió discursos
en griego con fines de propaganda política, por lo que, además de ser
pronunciados en el senado y en el foro, estaban destinados a su publicación. Cicerón
pudo todavía leer algunos de ellos.
Catón el Censor (239-149), del
que nos quedan fragmentos de 80 discursos, escribió más de 150. Catón era un
homo novus, un hombre que tuvo que triunfar por sí mismo. El instrumento
imprescindible para ello fue su capacidad de persuasión, demostrada con una oratoria
combativa y virulenta, a la vez que brusca y cortada. Según Catón, el orador es
"un hombre de bien, experto en e1 arte de la palabra" porque no debe
buscar la eficacia del discurso al margen del debate de los problemas morales.
Catón concebía el discurso como un todo en el que la expresión formal surge
necesariamente del contenido: rem tene, verba sequentur, (capta el
asunto, que las palabras vendrán solas).
Durante el siglo
II a.C. entra en juego un factor definitivo en el desarrollo de los géneros
literarios en Roma, y en particular en el de la oratoria: el influjo de la
literatura griega.
Los griegos no solo tenían magníficos oradores, sino que habían elaborado toda
una teoría sobre la oratoria para hacerla más eficaz. Esta teoría es la retórica. A partir de ahora empiezan a florecer, no sin una fuerte
oposición al principio, escuelas de
retórica en Roma.
El
círculo de los Escipiones desempeñó, en esta época, un papel muy importante en
la asimilación de la literatura griega, la filosofía, el arte, etc., por parte
de la sociedad romana.
En
los años anteriores a la época de Cicerón, marcados por las luchas sociales,
hay que citar a los hermanos Graco,
líderes de la reforma agraria; sobre todo, a Cayo, de oratoria vehemente; y a
los que Cicerón consideraba sus maestros: Marco
Antonio (no el triunviro) y Lucio
Licinio Craso. Algo mayor que Cicerón y antagonista en las causas
importantes fue Hortensio, abogado
brillante, de oratoria ampulosa, al estilo asianista. Pronto fue olvidada la oratoria
de éste y la de los oradores precedentes ante la entrada en escena de uno de
los oradores más importantes de todos los tiempos: Cicerón.
3. CICERÓN
(106-43 a.C.)
Marco Tulio
Cicerón
nació en Arpino en el año 106 a.C., en el seno de una familia de caballeros.
Recibió la educación más completa, en Roma y en Grecia. Alumno de los más célebres
oradores y juristas de la época, pronunció sus primeros discursos judiciales
después del triunfo político de Sila y se dio a conocer al tomar valientemente
la defensa de Roscio de Ameria, víctima de una sórdida maquinación.
Fue
elegido cuestor en 76 a.C. y ejerció este cargo en Sicilia, donde tuvo ocasión
de defender a los sicilianos contra las exacciones y robos cometidos por Verres
en la isla. Sigue el cursus honorum: edil en 69 a.C., pretor en 67 a.C. y
cónsul en 63 a.C. Su consulado está marcado por su acción y éxito contra la
conjuración de Catilina. Pero el clima político en Roma se ensombrece y pronto
la ambición de los candidatos al poder personal va a hacer nacer las luchas
fratricidas que anuncian el fin cercano de la República.
En
el año 58 a.C., un tribuno de la plebe, Clodio, hace votar una ley contra
Cicerón, el cual considera prudente exiliarse. Sus bienes son confiscados.
En
52 a.C. vuelve a Roma ayudado por Milón, al que defiende por la muerte de
Clodio con menos brillantez de lo que se podría suponer por el discurso que
escribió (Pro Milone) después del proceso.
En
51 a.C. fue nombrado procónsul en Cilicia. Se agudiza la rivalidad entre César
y Pompeyo. Cicerón toma el partido de Pompeyo, que es el del Senado y la
aristocracia. Derrotado Pompeyo en Farsalia (48 a.C.), Cicerón se retira de la
vida política, después de haber sido perdonado por César.
En
su retiro de Túsculo se dedica a las letras y a la filosofía. Pero después del
asesinato de César en 44 a.C., vuelve a la acción. Se enfrenta al poderoso
triunviro Marco Antonio, contra el que pronuncia catorce discursos, de extrema
violencia, a los que denomina Filípicas
(en recuerdo de los discursos de Demóstenes contra Filipo). Cicerón paga con su
vida este error político y cae asesinado en Formio en octubre de 43 a.C.
Retórica y
oratoria
Cicerón
es el principal representante de la oratoria en Roma, ya que lleva la prosa
clásica latina de todos los tiempos a la máxima perfección. Por encima de su
vocación política y profesional y de su apasionamiento por la filosofía, hay en
su extensa obra una total entrega a la literatura y, más concretamente, al arte
del bien decir, de llevar la lengua a los más expresivos y bellos aciertos.
El
entusiasmo que sentía por su arte y su profesión de orador le llevan a escribir
obras preceptivas sobre retórica, como el De
inventione, compuesto en su juventud, y los tratados escritos en su época
madura: el De oratore, el Brutus y el Orator, obras basadas no solo en las enseñanzas de los rétores
griegos y latinos sino en su propia experiencia.
En
el De oratore, escrito el año 55 a.C.
en forma de diálogo, Cicerón expone las cualidades que deben adornar al orador:
unas, naturales (aptitudes, prudencia, sentido común, perspicacia, etc.),
otras, adquiridas (técnicas oratorias, práctica, formación filosófica y jurídica).
El
Brutus es un tratado escrito con
motivo de la muerte de Hortensio (50 a.C.) en forma de diálogo entre M. Junio
Bruto, Hortensio y Cicerón. En él traza la historia de la oratoria romana hasta
él mismo. Es importante la polémica sostenida por Cicerón contra los aticistas,
que propugnaban un estilo sobrio y se oponían a los asianistas, que buscaban, por
el contrario, la exuberancia del lenguaje. Cicerón en su juventud había sido
partidario de esta corriente, a imitación de Hortensio, pero con el correr de
los años había propugnado un ideal de estilo más sobrio sin excluir los adornos
y cierta exuberancia del lenguaje. Es el estilo medio o rodio preconizado por
su maestro Molón de Rodas.
El
Orator es su obra culminante de
retórica, en la que se aúnan el vasto conocimiento de las técnicas oratorias y
la experiencia y madurez de una gran orador. En esta obra, Cicerón expone la
teoría de los tres estilos: el sencillo, el moderado y el sublime, y cómo el
buen orador utiliza en cada discurso el estilo que más conviene según la
ocasión. Describe también las fases de la elaboración de un discurso:
-
la inventio, recogida de materiales:
hechos y argumentos a favor o en contra.
-
la dispositio, estructura del
discurso de acuerdo con un plan.
-
la memoria, el recuerdo de los
elementos en el momento preciso.
-
la elocutio, exposición del
contenido.
-
la actio, la forma externa, acción,
entonación gesticulación etc.
La
estructura del discurso contiene estas cinco partes:
-
el exordium, entrada del discurso en
la que se trata de captar la: atención del auditorio con la exposición de
motivos;
-
la narratio, exposición clara y
breve de los hechos;
-
la confirmatio, o argumentación;
-
la refutatio, en la que se rechazan
los argumentos del adversario;
-
la peroratio, parte final, de tono
emotivo, donde el orador trata de inclinar a su favor la
voluntad
del auditorio o de los jueces.
La
actividad de Cicerón como orador político y jurídico se desarrolla a lo largo
de su vida pública, es decir, en un agitado y convulsivo período de la historia
romana. Como abogado defensor destacan discursos como el Pro Quinctio, el Pro Roscio
Amerino, el Pro Archia poeta, el Pro Sulla, el Pro Murena, el Pro Milone,
los discursos Contra Verres (como acusador),
etc.
Como
político, sus arengas contra Catilina (Catilinarias),
contra Marco Antonio (Filípicas, a
imitación de Demóstenes), el Pro imperio
Cnei Pompei, etc.
La
potencia oratoria de Cicerón se capta en los discursos todavía conservados: más
que una argumentación vigorosa y convincente, se halla en ellos una atracción
ejercida por su ingenio, por la rotundidad, las imprecaciones, las notas
sentimentales e irónicas y por toda una serie de recursos aptos para emocionar
y captar al auditorio. La frase adquiere toda clase de modalidades acoplando la
idea al ritmo, perfectamente calculado en las cláusulas finales de los
párrafos, como si se tratara de expresiones versificadas.
4. Autores
posteriores.
Entre
los autores posteriores a Cicerón que escribieron tratados de retórica
destacan: Marco Anneo Séneca el Retórico, Gayo Cornelio Tácito y Marco Fabio
Quintiliano.
Marco Anneo
Séneca el Retórico
(55 a.C.-39-d.C.) nació en Corduba (act. Córdoba), en Hispania. Fue padre de
Séneca el filósofo. Escribió unas Controversiae
y unas Suasoriae, en las que
recopilaba ejemplos de los tipos de argumentación discursiva así llamados. La
controversia era una confrontación de distintos puntos de vista sobre un tema
tratado; la suasoria era un discurso que pretendía convencer a un auditorio de
una tesis determinada.
Gayo Cornelio
Tácito
(55-120 d.C.), el conocido historiador, escribió en su juventud una obra en
forma de diálogo, De oratoribus, en
la que compara la elocuencia de la época republicana con la de su propio
tiempo, que considera ya en decadencia.
5. QUINTILIANO.
Marco FabioQuintiliano
(30-100 d.C.), nacido en Calagurris (act. Calahorra), regentó la primera
escuela sufragada por el Estado durante el reinado de Vespasiano. Escribió el
manual de retórica más famoso si se exceptúan los de Cicerón: De institutione oratoria, que trata
sobre la formación del orador, y constituye un estudio del sistema educativo
romano de su tiempo. Quintiliano señala a Cicerón como modelo. Escribió también
un De causis corruptae eloquentiae,
en el que atribuye las causas de la degeneración de la oratoria al abandono de
los modelos clásicos.
Anima Christi de Marco Frisina
Pedro y Bruno de 4º ESO A en el IES Andrés Benítez de Jerez de la Frontera cantan en la clase de latín Anima Christi de Marco Frisina.
TEMA 5. FÁBULA, SÁTIRA Y EPIGRAMA (FEDRO, JUVENAL Y MARCIAL)
1.1 LA FÁBULA
La fábula, como
género literario referido a Fedro, designa una
narración en la que generalmente intervienen animales que, por ser
considerados miembros del mundo de los seres animados, se equiparaban a los
hombres. La fábula tiene raíz popular
y, como tal, parte de la contemplación de un mundo ingenuo con fin moralizante. El
carácter ejemplarizante es la nota esencial de este género literario, tal
como lo encontramos en Fedro. Estas narraciones, leyendas o apólogos, eran muy
antiguas. Eran más o menos anónimas. Muchas de ellas nacieron en Oriente y en
Egipto y fueron difundidas por comerciantes y esclavos entre los países del
Mediterráneo. Esopo, autor griego del siglo VI a.C., fue el primero que les dio
forma literaria. Escribe en prosa y es el modelo que seguirá Fedro, aunque éste
emplea el verso.
1.2. FEDRO (15 a.C.-50 d.C)
Fedro nació en
Macedonia hacia el 15 a.C. Llegó a Roma como esclavo de Augusto, que le
concedió la libertad, y murió en la época de Claudio, en el 50 d.C. Se
conservan unas cien fábulas de este autor, contenidas en cinco libros. Los
personajes son animales que representan las costumbres, las virtudes y los
vicios de los hombres, y, más en concreto, de la sociedad de su tiempo. Se
acusa al poderoso que abusa del débil (la parte del león), al astuto y
mentiroso (la zorra), al malvado (el lobo y el cordero), etc.
Esta crítica
social le acarreó numerosos problemas judiciales porque algunos personajes
poderosos de la época se vieron reflejados en estas composiciones. Las fábulas
de Fedro son narraciones sencillas, amenas y divertidas, y terminan con una
moraleja que resume la enseñanza moral que trata de transmitir el autor. Este
estilo sencillo y conciso, al que no le falta en ocasiones colorismo en las
imágenes descriptivas de personajes (animales) y situaciones, está muy alejado
de la poesía épica y lírica contemporánea de Virgilio y Horacio. Se trata de
una poesía de raíz popular, de fondo satírico, que refleja un mundo sencillo y
natural muy alejado de los dioses y de los héroes de la épica.
El carácter
universal de esta obra despertó el interés de autores de distintas épocas, como
La Fontaine, en Francia, del siglo XVII, o los españoles Iriarte y Samaniego,
del siglo XVIII.
2.1. LA SÁTIRA
La sátira es un género literario típicamente romano (satura tota nostra est, decía
Quintiliano). Si bien el espíritu satírico está en la literatura de todos los
pueblos, los romanos crearon el poema satírico, que trata de corregir conductas burlándose de los defectos de las personas.
El nombre hace relación a una pieza
poética que en sus inicios se mezclaba el verso, el canto y la danza y el
contenido era variado y sin unidad, como nuestra farsa.
Hay, no
obstante, influjo de los griegos, en particular, de las enseñanzas callejeras
de los cínicos y estoicos, que improvisaban epigramas, fábulas, parodias de
poesías y las llamaban diatribas, es decir, "tiempo gastado en el
ocio". Lucilio (180-103 a.C.), que pasa por ser el inventor del
género, y Horacio llamaron sermones, charlas, a las diatribas de
los filósofos griegos.
Lucilio propugnaba una moral patriótica,
orgullosa y optimista; hace de la sátira un arma con que fustiga a los
personajes de su tiempo empleando la lengua viva de la conversación, a veces
tomada del habla vulgar. El metro utilizado es el hexámetro dactílico.
2.2. HORACIO (65-8 a.C.)
Llama a sus
sátiras sermones, es decir, unas charlas, sin la hiriente agresividad de
Lucilio, en un estilo natural, el estilo de la conversación. Habla en ellas,
con humor y fina observación, sobre la variedad de los temas tradicionales de
la sátira romana, a los que añade otros de sus preferencias: el descontento de
los humanos con su suerte, la secuela de normas de conducta, la avaricia de los
captadores de herencias o de las incidencias de la vida ordinaria, como el
viaje a Brindis en compañía de Mecenas. Se pueden distinguir tres direcciones:
la autobiográfica, la moralizadora y la crítica literaria. Da preferencia al monólogo
y satiriza los defectos y las debilidades ajenas volviendo en ocasiones el filo
de la sátira contra sí mismo. Algunas de sus sátiras se han convertido en
paradigma del género y todavía conservan la gracia y la hilaridad del día en
que salieron de sus manos.
La sátira
florece en siglo I d.C. acentuando la mordacidad en la expresión y la
tendencia moralizante, quizá bajo el estímulo de la proliferación de los nuevos
ricos y la corrupción de costumbres. Son autores representativos de esta época:
Persio (34-62 d.C.) y Juvenal (62-43 d.C.).
2.3. JUVENAL (62-143 d.C.)
Con Juvenal
entra el género satírico en el más crudo y pintoresco realismo dentro de un
estilo declamatorio. Escribió 16 sátiras. Denuncia en ellas los abusos de los
que es testigo: los vicios de los romanos (2, 9, 12) y de las mujeres romanas
(6), el envilecimiento de los poderosos en tiempos de Domiciano (4), la
incomodidad de Roma (3), la miseria del pueblo bajo (5) y de los intelectuales
(7), la locura de los deseos humanos (10), y contrapone la pietas de los
antiguos romanos (15) y la probidad de estos (13). Juvenal es un agudo
observador que capta y traslada con hiriente precisión el menudo rasgo
inadvertido, la intimidad que revela la bajeza de los corruptos, con noble
pasión, con ira enardecida, mas no sin parcialidad y resentimiento.
3. EPIGRAMA
El
epigrama, género que a veces se agrupa junto con la poesía lírica, como un
subgénero de ésta, incluye las composiciones
poéticas breves (generalmente entre dos y seis versos) en las que se expresa un pensamiento festivo o burlesco. Los metros son variados, aunque abunda el dístico elegíaco, una estrofa
compuesta por un hexámetro y pentámetro dactílicos.
El
epigrama primitivo, como indica su etimología griega (epí-, 'sobre', gramma,
'escritura') era un texto breve
destinado a figurar como inscripción en un sepulcro, una base de estatua o
un exvoto, aunque en su desarrollo el epigrama sirvió para expresar toda clase
de temas y sentimientos, si bien los griegos alejandrinos sintieron predilección
por los temas amorosos.
Safo,
Arquíloco y Simónides cultivaron el género epigramático en Grecia, pero
floreció sobre todo en época helenística, con Leónidas de Tarento y Meleagro de
Gadara. Aunque pueden considerarse como antecedentes los primitivos elogia, las inscripciones laudatorias de
los sepulcros (s. III a.C.), el epigrama
debió de llegar a Roma a finales del siglo II a.C., desde entonces fue
cultivado de modo esporádico hasta Catulo, que fue el primero que se valió de
esta forma poética por extenso.
La
concisión de la lengua latina, por su espíritu lacónico y sentencioso, encontró un vehículo apropiado en este tipo
de poemitas, cuyas características principales son precisamente la brevedad, la
agudeza y la fuerza expresiva.
3.1. MARCIAL (40-104 d.C.)
Nació Marcial en una pequeña ciudad de la
Hispania Tarraconense, en Bílbilis, la actual Calatayud. La posición desahogada
de sus padres les permite enviarlo a Roma (año 64), una vez realizados en
Bílbilis los estudios de gramática y retórica, y en un momento en que se hunde
el valimiento de sus compatriotas Séneca y Lucano, complicados en la
conspiración de Pisón contra el emperador Nerón. En Roma se ve obligado por la
necesidad a someterse al sistema de la clientela para vivir, es decir, a formar
parte del séquito de uno o varios amos, atado a ellos y viviendo a su merced.
Su genio le abre la puerta de los círculos literarios, frecuenta el trato de
todas las clases sociales. Pero, después de permanecer 34 años en Roma, cansado
de la gran ciudad, regresa a su patria natal, aceptando el ofrecimiento de una
admiradora, Marcela, que le regaló una finca, donde pasó los últimos años de su
vida. Marcial transformó el epigrama: la pequeña pieza de versos destinada a
ser inscrita en las tumbas y monumentos (epi-gramma = ‘escritura
sobre’), Marcial la convierte en un arma de ironía y sarcasmo, con tanto
acierto que dejó forjada la forma definitiva de esta composición.
Esto no quiere
decir que todos los epigramas sean poesías satíricas. Hay entre ellos también
piezas de circunstancias, agradecimientos, descripciones y dos libros de
dísticos destinados a acompañar los regalos a los amigos (Xenia), o
a servir de etiqueta divertida para los objetos que se sorteaban (Apophoreta).
Marcial es un observador para quien la realidad exterior existe y toma
valor artístico. Esa realidad coloreada con detalles precisos y con una justeza
admirable es exactamente la vida romana tal como él mismo la ha vivido. Pero
aunque su sátira es violenta y mordaz, permanece un fondo espiritual, de buenas
palabras, que revela un espíritu sincero y bienintencionado. En el fondo
Marcial es un hombre sensible que llega incluso a confiar a sus versos -aunque
no se prestaba a ello el género del epigrama- sus confidencias, que revelan un
alma insatisfecha e incapaz de contentarse con la vida monótona del pueblo
natal, pero también de enfrentarse a las adversidades y humillaciones que Roma
reserva al poeta necesitado.
Marcial es un
escritor de primera calidad. Es uno de esos raros escritores de su época que no
cedió al influjo del estilo declamatorio a la moda. Su genio se amoldaba
perfectamente al poema breve y satírico, parecía nacido para él. Su obra es de
una sobriedad clásica. Sin embargo, le faltaba esa fuerza moral para penetrar
en las causas profundas de la decadencia romana y sacudir a una sociedad que se
hundía en el vicio. Es a Juvenal al que se le debe atribuir este mérito.
INFLUENCIA EN LA
LITERATURA POSTERIOR
Edad Media y Renacimiento: Horacio fue un
clásico desde el principio. La Edad Media solo prestó atención a las Sátiras
porque no entendió las Odas. En el Renacimiento tuvieron gran
tradición las sátiras: Ariosto en Italia, John Donne y Pope en Inglaterra y
Boileau en Francia. Los siglos XVIII y
XIX no fueron buenos para Horacio; a partir del XX se ha revalorizado la lírica, pero las Sátiras y Epístolas
se han dejado algo de lado. Persio fue muy leído tras su muerte y en la
Edad Media. Los apologistas cristianos y los padres de la Iglesia lo apreciaron
por su rectitud moral. Luego se dejó de lado. La sátira moderna se escribió en
prosa y perteneciendo a otro género literario. A Juvenal le llegó tarde el
éxito. Fue modelo de satíricos en el XVI, sobre todo en Quevedo. Se olvidó
pronto. Marcial tuvo éxito inmediato. En la Edad Media solo se sacaron sententiae
de su obra. El Renacimiento lo relanzó. En España influyó en Quevedo,
Góngora y Gracián.
POEMAS LATINOS DE HOY Y DE SIEMPRE
El latín, lejos de ser una lengua muerta, ha dejado obras universales en la historia de la literatura. No en vano, los poetas latinos-y antes los griegos-han sido los precursores de la literatura europea occidental. Los autores clásicos siguen siendo los pilares de nuestra cultura y son cada día recreados por poetas y artistas.
HORACIO, Odas, 1. XI.
En esta oda dedicada a Leucónoe, nombre probablemente supuesto, nos aparece uno de los temas más característicos de Horacio: el gozar intensamente el presente sin preocuparnos del insondable mañana.
Tu ne quaesieris (scire nefas) quem mihi, quem tibi
finem di dederint, Leuconoe, nec Babylonios
temptaris numeros. Vt melius, quidquid erit, pati!
seu pluris hiemes, seu tribuit Iuppiter ultimam,
quae nunc oppositis debilitat pumicibus mare
Tyrrhenum: sapias, uina liques et spatio breui
spem longam reseces. Dum loquimur, fugerit inuida
aetas: carpe diem, quam minimum credula postero.
No indagues, Leucónoe, no es lícito saberlo, qué plazo a ti o a mí nos han otorgado los dioses, ni consultes los cálculos babilonios. ¡Cuánto mejor es aceptar cualquier cosa que ocurra! sea que Júpiter te haya reservado muchos inviernos, ya sea éste el último, el que ahora amansa, en los opuestos escollos, al mar Tirreno: sé prudente, filtra el vino; no pongas gran esperanza en el breve espacio de la vida. Mientras hablamos habrá huido, envidioso, el tiempo. Goza el hoy; mínimamente fiable es el mañana.
CATULO, CARMINA.
CARMEN LXXXV
Odi et amo. quare id faciam, fortasse requiris?
nescio, sed fieri sentio et excrucior.
Odio y amo. Quizás preguntas por qué lo hago.
No sé (pero siento qué es así y me atormento).
CARMEN V
Vivamus, mea Lesbia, atque amemus,
rumoresque senum severiorum
omnes unius aestimemus assis.
Soles occidere et redire possunt:
nobis cum semel occidit brevis lux,
nox est perpetua una dormienda.
Da mi basia mille, deinde centum,
dein mille altera, dein secunda centum,
deinde usque altera mille, deinde centum.
Dein, cum milia multa fecerimus,
conturbabimus illa, ne sciamus
aut ne quis malus invidere possit,
cum tantum sciat esse bassiorum.
En el siguiente vídeo podemos ver el comentario del poema y la traducción.
Y en este otro vídeo, al Coro de Navarra cantando los poemas de Catulo.
TEMA 4. LA POESÍA LÍRICA (CATULO, HORACIO, OVIDIO)
1. DEFINICIÓN Y CARACTERÍSTICAS DE LA POESÍA LÍRICA.
El género lírico comprende composiciones poéticas
que, en sus orígenes griegos, eran cantadas con lira (de ahí el
nombre de lírica). Esta poesía tiene dos características: su carácter subjetivo, ya que el poeta expresa en ellas sus sentimientos,
generalmente amorosos, y la utilización
de gran número de metros variados.
La lírica se
cultivó en Roma a partir de los últimos siglos de la República (II y I a.C.),
en los que las perturbaciones sociales y políticas crearon un ambiente propicio
para que los poetas abandonaran los grandes ideales patrióticos, ensalzados por
la épica, y se volvieran a su interior para analizar y expresar los
sentimientos por las cosas pequeñas de todos los días. En esta época surgen los
que podrían ser considerados como los primeros poetas líricos: el círculo de Quinto
Lutacio Cátulo. De ellos conservamos escasos fragmentos, pero sabemos que
su poesía era de tema erótico y tenía una gran variedad de metros.
En el siglo I
a.C. florece en Roma una corriente a la que Cicerón denomina de los poetas
nuevos o neotéricos (poetae novi). Se caracterizan estos por su inclinación hacia la poesía griega y en
particular la alejandrina, la cual, en poemas
breves y muy cuidados, buscaba la belleza formal a través del empleo de
recursos estilísticos, sobre todo métricos, de gran perfección artística.
1.2. AUTORES Y OBRAS.
CATULO (87-54 a.C.)
Cayo Valerio
Catulo nació en Verona, ciudad perteneciente a la Galia Cisalpina, patria
también de Virgilio, Tito Livio y de Plinio el Joven. En 68 a.C. llegó a Roma,
donde encontró una sociedad perturbada por las contiendas políticas. Lleva una
vida brillante y feliz (solamente ensombrecida por la muerte de su hermano), en
contacto con los hombres más importantes de la política y de las letras de esa
época. El gran suceso de su vida, que inspiró gran parte de su poesía, fue su
relación con la que él canta bajo el nombre de Lesbia, hermana de P. Clodio Pulcher,
enemigo político de Cicerón.
La obra de
Catulo comprende 116 poesías que se
pueden clasificar, según los metros empleados, en:
-
Piezas líricas cortas (1-60), de metros variados, generalmente escritas en
yambos.
-
Piezas más extensas (61-68) escritas casi todas en hexámetros.
-
Epigramas en dísticos elegíacos (69-116).
Según sus
fuentes de inspiración, se reconocen en Catulo tres aspectos principales:
1.
Un poeta alejandrino que resume en sí las características de esta escuela. La
pieza más representativa de este aspecto es el Epitalamio de Tetis y
Peleo, poema erudito, sobrecargado, pero que expresa los
sentimientos, a veces con intensidad dramática, y contiene cuadros pintorescos
y graciosos.
2.
Un poeta satírico; pero sus piezas no son sátiras políticas, Catulo encuentra
su indignación en las enemistades personales. Ahí es donde, en poemas cortos y
bien cincelados, sabe colocar en el momento justo el rasgo mordiente. Además,
en sus epigramas nos pinta la sociedad mundana de su época, de manera viva y
divertida, con la que él compartió el placer y el estudio y en la que vivió
gran parte de su vida.
3.
Un poeta lírico en el sentido moderno de la palabra. Catulo nos habla en
términos emocionantes y tiernos de la muerte de su hermano, de sus amistades y
sus odios (odi et amo) con espontaneidad y franqueza, pero, sobre
todo, con sensibilidad dolorosa y apasionada de su amor con Lesbia.
HORACIO (65-8 a.C)
Nació en Venusa,
al sur de Italia. Su padre, liberto y recaudador de las subastas públicas, se preocupó
por su educación, enviándole a estudiar a Roma y después a Atenas. Fue seguidor
del partido republicano y tomó parte en la batalla de Filipos (42 a.C.). A
través de Virgilio entró en el círculo de Mecenas, donde llegó a disfrutar del
bienestar suficiente para poder dedicarse a la poesía sin problemas económicos.
La obra de
Horacio comprende, siguiendo un orden cronológico, primero los Epodos (41-30
a. C.); después los tres primeros libros de Odas, el
primer libro de las Sátiras (30-20 a.C.); y, finalmente, el
segundo de las Sátiras, el Ars Poetica, el Carmen
Saeculare y el cuarto libro de Odas (20-8 a.C.).
Las Odas
Las Odas constituyen
la parte más propiamente lírica de su producción poética. Con la publicación de
las Odas, Horacio realiza la gran ambición de dar a Roma la gran poesía
lírica que no tenía todavía. Grecia le ofrecía los modelos, no ya la
inspiración tumultuosa de Píndaro, que no se acomodaba a su naturaleza, sino la
de Alceo y Safo, de los que toma las principales combinaciones estróficas, sin
olvidar a otros líricos griegos.
El contenido de
las Odas es variado: reflexiones filosóficas, episodios mitológicos,
dedicatorias
a amigos,
incluso la actualidad política en las grandes Odas nacionales. Poesía de
imitación, pero poesía original. Horacio ha dado las reglas precisas a los
metros que adapta. Su técnica es el culto a la forma que le lleva a pulir con
amor cada estrofa. Pero este trabajo no se traduce en artificiosidad: la
expresión viva y sobria estimula a la imaginación porque Horacio es un poeta, un
creador. Por su perfección artística y su tendencia a generalizar sus propios
sentimientos, a sugerir una lección moral (epicureísmo), la Odas reúnen
dos caracteres generalmente opuestos: lirismo y clasicismo.
2. CARACTERÍSTICAS
DE LA ELEGÍA LATINA.
Podemos
considerar a la elegía, de tanta
importancia en Roma, como un subgénero
de la lírica, pues, si bien no emplea variados metros ni estrofas
(solamente el hexámetro y el pentámetro, combinación llamada dístico elegíaco), su carácter intimista, de expresión del sentimiento amoroso, justifica
plenamente su inclusión en este género. La elegía comprende un tipo de
poesía de asunto triste, en general; pero lo
que caracteriza a la elegía romana es la expresión de sentimientos personales,
entre los que figura en primer lugar el amor, la propia experiencia amorosa del
poeta que casi siempre es desgraciada, de ahí que dolor y sufrimiento estén
casi siempre presentes en este tipo de composiciones. La elegía romana,
frente a la griega, es predominantemente subjetiva
y amorosa, aunque mantiene restos del carácter fúnebre que tenía en Grecia.
Otra de las
características es el metro: se trata del dístico elegíaco compuesto por un hexámetro
y un pentámetro. La elegía es una secuencia de esta pequeña estrofa.
2.1. AUTORES Y
OBRAS.
TIBULO (54-19 a.C)
Si exceptuamos
al que con toda seguridad fue el primer elegíaco romano, Cornelio Galo (69-26 a.C.), del que no conservamos ningún verso si
no es el testimonio de Virgilio en la Bucólica X, esta poesía empieza en
Tibulo, poeta perteneciente al círculo de Mesala Corvino. De los tres libros
que se nos han transmitido (Corpus Tibullianum), solo los dos son
indiscutiblemente suyos: el primero, dedicado a Delia, amor a la postre
perdido, y el de Némesis. Algunos rasgos que caracterizan la poesía de Tibulo
son la expresión sincera de su sentimiento amoroso, cierto bucolismo y la
actitud antimilitarista, junto con el cultivo de la forma que en las últimas composiciones
resulta algo retórica y erudita.
PROPERCIO (47-15 a. C.)
Es de origen
umbro, procedente de una familia plebeya pero acomodada. Entró en el círculo literario
de Mecenas y se integró en la gran sociedad romana de la época. Escribió cuatro
libros de Elegías. Los tres primeros están consagrados predominantemente
a Cintia, aunque hay también referencias a sucesos del mundo circundante. En el
cuarto libro, por influjo de Mecenas, se interesa por los motivos religiosos y
las ideas de restauración moral y nacional de Augusto y busca en el pasado de Roma
y en las viejas leyendas una inspiración nueva y más amplia.
Propercio tiene
el gusto por la erudición y por las curiosidades mitológicas e históricas, pero
es un poeta original, el más personal, quizá, de los poetas elegíacos del siglo
de Augusto. Su violenta pasión por Cintia hizo que el poeta expresara los
tormentos del amor y de los celos, la tristeza de las desilusiones con una
fuerza dramática que hace de él un gran poeta lírico.
El arte de
Propercio es sutil y complicado: a su lengua le falta a veces claridad, y a la composición,
lógica y armonía, pero son efectos buscados por el poeta, que tiene de los alejandrinos
el gusto por el detalle pintoresco, el dibujo preciso y neto. La pasión toma en
sus versos un acento personal y el ardor que la anima se traduce en una
expresión sobria y vehemente, verdaderamente original.
OVIDIO (43 a.C.-17 d.C)
Publio Ovidio
Nasón nació en Sulmona, en el año 43 a.C., un año después del asesinato de César
y el mismo año del de Cicerón. Después de los estudios de filosofía y retórica,
que completó en Grecia, ocupó sin entusiasmo ciertos cargos administrativos. El
gozo de la creación poética ejercía para él mayor atracción que las tareas
administrativas y políticas. Inició relaciones con los poetas de la época: Horacio,
Tibulo y Propercio. Ovidio, cantor del amor, fue ante todo un poeta mundano, un
poeta que conoció el éxito en una sociedad cuyos gustos, cualidades y defectos
reflejó en sus obras.
Pero cuando el
poeta estaba en el "culmen" de su gloria, en la plena posesión de su
talento, fue desterrado por una orden del emperador Augusto, en 9 d.C., por
razones que nos son mal conocidas. Su actividad poética continuó en el exilio,
en Tomi, en la costa del Mar Negro (hoy Constanza), produciendo algunas de sus
mejores obras, como los Fastos, las Tristes y las Pónticas.
El rigor del clima, su vida aislada y monótona le produjeron la nostalgia de su
Italia natal, pero el perdón no llegó de Augusto ni de su sucesor Tiberio, a
pesar de las continuas peticiones de gracia del poeta. Murió en el año 17 d.C.
Ovidio escribió
varias obras empleando el dístico elegíaco, pero por el contenido no pueden clasificarse
como elegías. Las composiciones propiamente elegíacas son las siguientes:
-
Los Amores: tres libros de elegías en los que canta los amores,
de forma un tanto retórica y mucho menos apasionada que sus predecesores, de
una tal Corina, de la que se duda si es un personaje real o más bien una
personificación literaria formada con los rasgos de las distintas mujeres que
conoció Ovidio.
-
Las Tristia y las Epistulae ex Ponto. Ambas
escritas en el destierro. En las primeras el poeta nos narra su despedida de
Roma camino del destierro y las condiciones duras de su exilio en Tomi, en los
confines del Imperio. Tanto en una como en otra hay lisonjas al emperador, súplicas
a su esposa y recomendaciones a sus amigos, destinadas a conseguir el regreso a
Roma, pero el perdón nunca llegó.
Ovidio marca un
giro a la literatura latina. Pertenece todavía a la época clásica, pero anuncia
ya la edad barroca que va a seguir. Es un artista, pero su espíritu es ligero,
es brillante pero superficial; le faltaba la profundidad necesaria para abordar
muchos de los temas serios que trató en sus obras. Cualquier motivo se
convierte para él en tema de amplificación, en ejercicios en los que sobresale
gracias a su facilidad natural de versificador y a las lecciones de los
rétores.
En la poesía
amorosa, no expresa, como sus antecesores, los sentimientos que experimenta profundamente,
no se inspira en su experiencia personal, recurre más a su imaginación que a sus
recuerdos. Ovidio es el testimonio de su tiempo, representa fielmente la
opinión que sus contemporáneos podían hacerse del amor.
Pero sus versos
no son insulsos ni aburridos, todo lo contrario: Ovidio pone todos los recursos
de un arte ingenioso para evitar la monotonía y dar a su poesía un movimiento
de relieve y color. Es un poeta de salón que sabe agradar y brillar pero no cae
jamás en la vulgaridad.
Ovidio no es el
gran poeta que se ha visto en él durante siglos, pero a falta de genio, ha tenido
talento y virtuosismo, y una elegancia sostenida en la que han podido verse los
gérmenes de la decadencia, pero que resulta encantadora para nosotros.
INFLUENCIA EN LA
LITERATURA POSTERIOR
La poesía lírica
siempre ha atraído a los poetas. Catulo fue muy admirado en el Imperio (Marcial
le imita). El Renacimiento lo consideró un gran poeta digno de ser imitado.
Horacio es junto
con Virgilio el clásico por antonomasia. Las odas de Horacio fueron muy
leídas en la Edad Media, Renacimiento y s. XVIII. Fray Luis tradujo unas
cuantas.
TEMA 3. LA HISTORIOGRAFÍA (CÉSAR, SALUSTIO, LIVIO, TÁCITO)
1. Las primeras
fuentes documentales
La primera
manifestación historiográfica fue la historia analística (historia contada año
a año). Los documentos que manejaron los analistas fueron las tablillas donde
el Pontífice Máximo anotaba los sacrificios que habían de celebrarse, los días
fastos o nefastos, los cónsules de cada año, los acontecimientos. También
consultaron documentos de carácter político como textos de tratados, leyes,
actas del Senado.
2. Los primeros
analistas.
La analística se
extiende hasta el siglo I a.C. Los primeros analistas comienzan la narración histórica
desde la monarquía hasta las guerras púnicas. Escriben en griego porque su obra
es una empresa nacionalista contra los cronistas cartagineses; tratan de
justificar la política expansionista de Roma por el Mediterráneo ante el mundo
helenístico. Los analistas de la primera época más conocidos son hombres
políticos: Q. Fabio Máximo, L. Cincio Alimento, Gayo Acilio.
3. Catón.
Cultivó varios
géneros, pero fue en la historiografía donde destacó especialmente. Catón reacciona
contra el ambiente filohelénico imperante en Roma, que trataba de enlazar los orígenes
de Roma con la historia de Grecia. Escribió los Orígenes, obra
que supuso una gran novedad en la concepción histórica de la época por estos
aspectos:
a) Está escrita
en latín, frente al griego utilizado por los analistas.
b) Narra no solo
los orígenes de Roma, sino también de los pueblos itálicos. Catón piensa que la
historia del pueblo romano es también la de los pueblos itálicos sometidos y
asimilados para una empresa común.
c) No le
interesa la historia centrada en las individualidades ni en la aristocracia que
trata de ensalzar a sus héroes. Para Catón los protagonistas de la historia son
los pueblos. Es la primera manifestación de una historia social.
d) Se trata de
una historia viva y colorista, animada por sus propios discursos, que introduce
en la narración.
4. La historia
como género literario.
Los analistas
escribían con rudeza y, aunque consultaban las fuentes, con frecuencia falseaban
la verdad. También Catón, a pesar de sus innovaciones y sus notables
cualidades, está lejos de la perfección literaria. Aunque Cicerón nunca llegó a
escribir historia, expuso en sus obras de retórica Orator y Brutus
y en el De legibus las pautas de lo que sería en adelante
el ideal de la historiografía latina: el historiador no solo debe narrar los
hechos sino investigar sus causas y analizar sus consecuencias. Y desde el
punto de vista estilístico, una obra de historia debe ser ante todo una obra
literaria opus maxime oratorium, con el ornamento literario con que la
embellecieron los griegos. Además la historia debe servir para que el hombre
perfeccione su conducta, debe ofrecer un conjunto de exempla dados por
los hombres del pasado como instrumentos de perfeccionamiento moral. Es la
historia entendida como magístra vitae.
5. LA
HISTORIOGRAFÍA DE CÉSAR
Cayo Julio César
nació
en Roma el año 100 a. C., seis años después de Cicerón, en el momento en que
Mario, vencedor de Yugurta, de los cimbrios y de los teutones, era cónsul por sexta
vez, unos doce años antes de la guerra social y de las luchas que iban a oponer
a Mario y a Sila. Aristócrata de nacimiento y de gusto, dotado de una
inteligencia muy viva, recibió una educación completa y sólida. Pronto se
interesó por la política y por el partido de la oposición democrática, del que
fue su jefe después de la muerte de Sila (78 a.C.). Recorrió todos los cargos
de la carrera política. Recibió la administración de Hispania, y después del
triunvirato con Pompeyo y Craso consiguió el gobierno de las Galias, a las que
sometió en su totalidad en 8 años. Rechazó las órdenes del Senado y de Pompeyo,
máximo representante de los intereses de la clase aristocrática, y entró en
lucha con éste, derrotándole en la batalla de Farsalia (48 a. C.) y a sus otros
adversarios en África y en España. Dictador de por vida, con un poder absoluto,
trabajaba en la reorganización del Imperio cuando fue asesinado en el Senado el
15 de marzo del 44 a. C.
Los Comentarios
César no es un
hombre de letras sino un hombre de acción. Aunque escribió diversas obras, entre
ellas un tratado de gramática, lo esencial de su obra reside en los Comentarios.
Estos son memorias de un hombre de guerra y de un hombre político, una
recopilación de informes reunidos en una especie de diario. Los
Comentarios sobre la Guerra de las Galias relatan en orden cronológico,
en siete libros, las campañas de César en las Galias.
Los Comentarios sobre la
Guerra Civil comprenden en tres libros los sucesos de los años 48 y 49
a.C. de enfrentamientos con Pompeyo y sus partidarios y finalizan con la muerte
de Pompeyo.
Valor histórico
y literario
Los Comentarios
tienen un valor documental evidente. César narra hechos de los que ha sido testigo
excepcional. Observa con lucidez y juzga con profundidad. Pero escribe unos
libros con finalidad de propaganda política.
En la Guerra
de las Galias quiere justificar su política de conquistas y poner de relieve
los servicios que ha prestado al Estado.
En la Guerra
Civil intenta con mayor evidencia aún hacer una apología personal, de forma
discreta y hábil, y disminuir a sus adversarios. El interés literario es
inmenso. César es un excelente narrador, sabe ordenar su relato con claridad y
sobriedad, dándole relieve y movimiento.
Su estilo es
sencillo y elegante. César va a lo esencial, pero con una precisión que tiene
algo de pintoresco. La acción, el encadenamiento de los hechos, la
participación de la voluntad humana y el azar constituyen su interés. Su
lucidez le permite dar a cada elemento su valor exacto. No necesita más el lector.
César le ha impuesto su visión de los hechos.
6. LA
HISTORIOGRAFÍA MORALIZADORA DE SALUSTIO.
Cayo Salustio
Crispo nació
en Amiterno (Sabina) en 87 a.C., de familia plebeya, pero su juventud
transcurrió en Roma, donde recibió la educación típica de la época: retórica y filosofía.
Militó en el partido democrático, uno de cuyos jefes era César, y tomó parte en
la frecuentes revueltas callejeras que ensangrentaban Roma en esos años.
Empezó el cursus
honorum y fue cuestor y tribuno de la plebe en el 52 a.C. Entró así en el Senado
pero fue expulsado de él por los censores con el pretexto de llevar una vida inmoral,
aunque más bien debe interpretarse como una venganza personal. Tomó parte a favor
de César en las campañas de la guerra civil en África. Después del triunfo de
César, este le nombró propretor en Numidia, donde tuvo ocasión de estudiar la
historia y geografía del país, y de amasar una gran fortuna.
A la muerte de
César, se retiró a gozar de sus riquezas en una finca de Tívoli, compró además
una gran extensión de terreno en Roma e hizo plantar en él unos jardines, que
con el tiempo llevaron su nombre (horti Sallustiani), y más tarde fueron
residencia imperial. Ocupó su retiro en la composición de sus obras históricas.
La conjuración
de Catilina.
Esta monografía
histórica sobre la conjuración de Catilina fue escrita probablemente en 47 a.C.
El autor emprende la narración de los acontecimientos del año 63 a.C. con un
espíritu favorable a César. Le interesa sobre todo la monstruosidad del
personaje de Catilina y el riesgo que ha corrido el Estado. Salustio habla de
acontecimientos que ha conocido bien: tenía veinticuatro años cuando tuvieron
lugar.
La narración va
precedida de unas consideraciones morales en que el autor justifica su decisión
de dedicarse al cultivo de la historia, en concreto al de la historia del
pueblo romano y, dentro de esta, ha elegido en primer lugar la conjuración de
Catilina.
Al entrar en
materia, lo primero que le atrae es la figura del personaje, un personaje de naturaleza
extraña y demoníaca, que tiene las características fundamentales de la maldad y
la fuerza, puestas al servicio de una desmedida ambición. Conocido ya el
protagonista y la sociedad en que se mueve, vemos cómo se genera la conjuración
y cómo se desarrolla a través de un relato dramático que no pierde su interés
hasta el desenlace en la batalla de Pistoya.
La guerra de
Yugurta.
Esta monografía,
un poco posterior a la Conjuración de Catilina, cuenta la guerra que
Roma sostuvo contra Yugurta, rey de los númidas, del año 111 al 105 a.C. Bien
informado por las Memorias de la época, e incluso por obras en lengua
púnica, y documentado por su propio conocimiento del país en el que estuvo como
procónsul en el año 46 a. C., Salustio ha escrito una obra de gran valor
histórico, que muestra a la vez sus grandes dotes narrativas. Por otra parte,
en el estudio de este episodio importante de la lucha entre el pueblo y la
nobleza, que caracteriza la ascensión al poder del plebeyo Mario, el
historiador muestra un conocimiento detallado de los problemas sociales.
Después del Bellum
Iugurthinum, Salustio compuso las Historiae en cinco libros, que narran
desde la muerte de Sila hasta el año 67 a.C. En esta obra Salustio presenta las
funestas consecuencias de la dominación de Sila, en particular, la corrupción
de la clase noble y los enfrentamientos entre los dos partidos dominantes de
esa época. Solo conservamos fragmentos, pero podemos deducir de ellos que se
trataba de una obra de forma literaria muy cuidada.
El arte de
Salustio
Salustio es un
autor moralizador, pero su moralismo desciende al terreno del análisis
concreto. En este aspecto se inspira en Catón, y en cuanto a su concepción
política y pragmática, recibe el influjo de Tucídides.
La obra
historiográfica de Salustio, salvo en algunos pasajes, no es pintoresca porque
el relato se reduce a lo esencial. Pero da al lector el placer de comprender
las causas de los sucesos y las intenciones ocultas de los personajes. Es
también una historia intensamente dramática. Las luchas de las clases y de los
individuos dan a las obras de Salustio la atracción de un verdadero drama.
Hay pocas
descripciones, pero abundan los discursos y los retratos, ambos destinados a hacernos
comprender las situaciones y a pintar a los actores. El estilo de Salustio es
célebre por su concisión y por su movimiento rápido. Salustio utiliza sistemáticamente
procedimientos como la disimetría para dar más variedad a la frase, el infinitivo
narrativo, para imprimir más rapidez al relato, arcaísmos (unos, auténticos y
otros, aparentes, que no eran más que modas ortográficas de la época), para
volver el estilo más grave (gravitas) y severo. Son procedimientos
típicos de una lengua erudita, artificialmente calculada, pero que produce un
efecto original.
Su prosa se
construye sobre períodos cortos, asimétricos, variados, con frecuentes elipsis
y asíndeton. La brevedad, la agudeza, la rapidez son sus características más
destacadas.
7. LA
HISTORIOGRAFÍA IMPERIAL: TITO LIVIO Y TÁCITO
7.1. La historia
nacionalista: TITO LIVIO
Nació Tito Livio
entre el 64 y el 69 a. C. y murió en el 17 d. C. Su vida literaria se desarrolló
en el contexto sociopolítico de la pax Augusta, coincidiendo con autores
culminantes de la literatura latina, como Virgilio, Horacio, Ovidio, etc.
Tito Livio se
propone narrar la historia de Roma desde sus orígenes hasta su época (Ab
urbe condita libri). Constaba de 142 libros, divididos en
grupos de diez o décadas. A causa de su extensión, hoy conservamos solamente
las décadas I, III, IV y primera mitad de la V, pero conocemos el contenido
total de la obra por los numerosos resúmenes (Periochae) que hicieron
de ella los compiladores. Los diez primeros libros narran desde los orígenes
hasta la tercera guerra samnita (293 a.C.) y los libros XHI-XXV tratan de la
segunda guerra púnica (tercera década) y de la conquista del Mediterráneo
oriental hasta 167 a.C. Tito Livio es un partidario de Cicerón en política
(nunca ocultó su simpatía por la República) y en gustos literarios. Su obra
histórica responde al ideal ciceroniano del opus maxime oratorium. A
Tito Livio solo le interesa la historia del pueblo romano, su perspectiva es
puramente nacionalista.
En cuanto a la
forma, sigue los métodos de los analistas. En cuanto a sus fuentes, nunca recurrió a
documentos originales. Normalmente sigue a un autor para cada núcleo de
acontecimientos, al que corrige y completa cuando hay contradicciones.
Tácito lo considera un autor sumamente fiable. Sus valores literarios se
realzan en el relato, los discursos y los retratos.
Sus relatos
tienen el dramatismo que exigen los acontecimientos y a veces no falta
lo cómico de las situaciones. Livio es famoso por sus discursos, que
compone según las reglas de la retórica, y para el retrato utiliza el
procedimiento de presentar los juicios de los contemporáneos sobre la persona
retratada y los efectos que esta persona produce sobre aquellos. Su
lengua ha evolucionado en relación con la de Cicerón o César; va más en la
línea virtuosista de Salustio. Su ideal es la urbanitas, es
decir, la plasmación de la lengua culta de Roma. Utiliza arcaísmos y
abundantes licencias poéticas. Su frase, rica en subordinación cuando el relato
es sostenido, adopta un ritmo más vivo y corto en los episodios
dramáticos.
7.2. La historia
como drama: TÁCITO
P. Cornelio
Tácito nació entre los años 54 y 56 d.C., durante el reinado de Nerón.
Pertenecía al orden ecuestre. Desempeñó varios cargos públicos, entre ellos el
de cónsul y el de procónsul en Asia. Su elocuencia le hizo ganar muy pronto un
alto renombre. Se dedicó a la historia después de 97 d.C.
Las obras
historiográficas principales de Tácito son las Historiae, publicadas
a partir de 106 d.C., y los Annales, publicados en el 117
d.C. En las Historias opone al reino de los Antoninos el período
de convulsiones y de servidumbre que le precede inmediatamente, desde la muerte
de Nerón a la de Domiciano (68-96); solo tenemos los cuatro primeros libros y
el comienzo del quinto.
Los Anales,
en 16 ó 18 libros, volvían a los más lejanos acontecimientos, desde la
muerte de Augusto a la de Nerón (14-68). Quedan los libros I-IV y XI-XVI (este
último incompleto) y fragmentos del quinto y el sexto. Tácito pensaba completar
este conjunto con una historia de Augusto y otra de los reinados de Nerva y
Trajano, pero no tuvo tiempo para ello.
Tácito aborda la
historia como un hombre de experiencia política al que los acontecimientos contemporáneos
han golpeado duramente y que ha aprendido a través de ellos a conocer a los hombres.
La historia responde a unas preocupaciones serias que él asume y le ofrece a la
vez el medio de servir al Estado mediante la denuncia de su debilitamiento
interior y los daños que le amenazan. Encuentra también en ella la forma de
arte que mejor se adecuaba a su genio. Su obra histórica se basa en una
información sólida, pues controlaba los trabajos y las memorias de escritores
anteriores, los documentos oficiales y los archivos del Senado. Método riguroso
que hace de su historia un juicio imparcial de los crímenes de la época
inmediatamente anterior. Pero su objetivo es más moral que científico: no le
interesan las cuestiones económicas ni sociales, sino los dramas de la corte
imperial, los actores de estos dramas y el despertar de los pueblos bárbaros;
al narrar estos hechos no podía su espíritu permanecer impasible. Su
sensibilidad, su imaginación le arrastran a menudo a interpretaciones
personales.
Sus
preocupaciones literarias le empujan a veces a modelar la realidad según su
gusto. Estas libertades pueden dañar algo el valor histórico de su obra, pero
no su autenticidad humana y su belleza artística. Tácito ha sido un gran pintor
por su visión dramática de la historia, por el relieve de los personajes que
animan sus dramas. Gustaba del análisis psicológico: retratos vivos, impresionantes
los que se desprenden de su relato, de los gestos, de los discursos. A través de
estos retratos, Tácito alcanza en su análisis los caracteres permanentes del
alma humana, cuyos repliegues escruta con penetración, con finura y a veces con
demasiada sutileza, llevándole a sospechar que en todas partes existe el mal y
la hipocresía. Pintura pesimista y sombría, nunca exenta de profundidad.
Su estilo, a
veces efectista, está marcado por la sobriedad, que no quita nada a la potencia
sugestiva de la evocación. Tácito se opone a la elocuencia ciceroniana: su
frase es variada en su estructura, en todos sus elementos; es concisa, a veces
hasta la oscuridad, pero siempre vigorosa. Imita a los poetas en el
vocabulario, la sintaxis, el ritmo, el orden de las palabras; por eso su estilo
es poético. Este arte no responde solamente a la moda, al gusto de su tiempo,
expresa más bien el vigor y la pasión de un escritor que se vuelca enteramente
en su obra.
Influencia en la
literatura posterior
Desde el
Renacimiento toma gran importancia el estudio de la historia. Se sirven sobre
todo de la manera de trabajar de Tito Livio.
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